En el gran viaje de la VIDA..., viajemos por la vida

En el gran viaje de la VIDA..., viajemos por la vida
El gran viaje no está en la distancia sino en la actitud: CON CORAZÓN DE POETA, OJOS DE FOTÓGRAFO Y GRATITUD DE PEREGRINO puedes cruzar el mar, dar una vuelta al barrio o sumergirte en lo profundo del alma disfrutando del camino.

viernes, 9 de septiembre de 2011

Pompeya y el cómo de la existencia.

La existencia transcurre como una película, en pleno movimiento. Y cuando la queremos analizar en alguno de sus episodios, la hacemos fotografía. En una antigua población de Italia fue la naturaleza quien decidió convertir al film en fotograma, de manera trágica, general y definitiva: petrificada para siempre. Pompeya es uno de los más preciados tesoros arqueológicos en el mundo entero, cada metro que caminas de su superficie es otra página de un libro de historia hecho ciudad.




Sin embargo, al mismo tiempo, la historia de Pompeya es un tratado de filosofía. Sus orígenes un tanto oscuros datan de los siglos VIII o VII a.C. Tras un agitado desarrollo, como casi todos los emplazamientos antiguos, Pompeya llegó al primer siglo de la era cristiana como un coqueta ciudad patricia. Nobles y libertos enriquecidos por la actividad vitivinícola hicieron de ella un sitio ideal para el lujo y los placeres. Mujeres, varones, niños, ancianos. El devoto en el culto a sus dioses, el promiscuo en el prostíbulo contribuyendo con la prostitución, el centurión cuidando la seguridad de la ciudad y la plaza colmada de gente.




Repentinamente un devastador terremoto. Y cuando han comenzado las tareas de reconstrucción, tres dias después, el 24 de agosto del año 79, el estallido del volcán Vesubio: un huracán de cenizas y material eruptivo cubren el cielo, mientras que un barro de lava se arrastra por sus laderas hacia la ciudad. No hay tiempo para nada. Fue el fin de casi todos. Entonces la petrea fotografía.




Hoy camino por Pompeya pensando en lo efimero del ser: pienso en los afanes, las esperanzas, los miedos y los proyectos del funcionario en el capitolio, del comerciante regateando con el cliente en el mercado, los hombres del puerto llevando sus mercancias a la ciudad y los de la ciudad yendo a los barcos con sus sueños; el perro y el niño que juegan sobre el empedrado, al tiempo que la meretriz los observa con tristeza yendo a su trabajo. Y mientras los imagino a todos un segundo antes de la erupción, vuelvo la vista en dirección al foro y veo que la ceniza y la lava todavía están ahí, detrás de cada uno de nosotros, siguiendo de cerca nuestros pasos. No puedo menos que pensar en el personal o colectivo 24/8/79 al que no escapará nadie ni nada.




Al salir de Pompeya bendigo este instante de vida. Ya no creo que aquellas existencias y sus quehaceres hayan sido vanos. Por el contrario: esos fotogramas, que entrelazados dieron forma a la película, estuvieron presentes y actuantes. El Vesubio hizo la fotografía colectiva y casi todos quedaron allí retratados. Ahora vuelvo a mirar atrás y ya no se ven las ruinas, miro adelante y veo una hermosa plazoleta llena de gente comprando souvenires de Pompeya. Ellos y aquellos me acaban de convencer: no se trata del cuál, ni el qué, ni el cuánto ni hasta cuándo, sino del CÓMO. Los de allá atrás hace un rato nomás convertidos en estatuas de piedra, los de acá enfrente a los que me sumaré dentro de diez metros a comprar recuerdos, cada uno en lo suyo hasta que nos alcance la lava... y la ceniza.

2 comentarios:

hugo fabián dijo...

Nobleza y generosidad total la de Omar, nos brinda en estos paisajes su gran conocimiento de la historia sus sentimientos y vivencias.

VERYANDAR dijo...

Muchas gracias, Hugo. A vos por permitirme compartir.