En el gran viaje de la VIDA..., viajemos por la vida

En el gran viaje de la VIDA..., viajemos por la vida
El gran viaje no está en la distancia sino en la actitud: CON CORAZÓN DE POETA, OJOS DE FOTÓGRAFO Y GRATITUD DE PEREGRINO puedes cruzar el mar, dar una vuelta al barrio o sumergirte en lo profundo del alma disfrutando del camino.

sábado, 30 de abril de 2011

Simplemente..., LA ACRÓPOLIS DE ATENAS.

Tal vez sea superfluo pretender contarles algo sobre la antigua Atenas. Quien más quien menos, todos hemos soñado con los mitos griegos, temido al rayo de Zeus o dormido frente al profesor de Cívica cuando intentaba explicarnos el origen de la democracia directa. Por lo demás, la historia de la polis humanista es tan rica y extensa que no intentaré el mínimo esfuerzo por resumirla.




Tan sólo compartir un día de paseo que comenzó en las afueras de la Acrópolis: allí el templo de Zeus. Así debía ser: el hijo de Cronos no podía alternar espacio con dioses inferiores ni, mucho menos, con los campesinos aledaños a la fortaleza. Sin embargo, los rigores de la historia no hicieron diferencias y apenas quedaron ruinas del templo de la máxima divinidad olímpica. Unas pocas y esbeltas columnas jónicas se alzan sobre el rectángulo perfecto y casi vacío de lo que fue la construcción más venerada de aquellos tiempos. Terremotos y guerras ancestrales hicieron lo suyo, creencias y dioses consagrados esparcidos por el suelo.




A cierta distancia de allí comienza el ascenso a la colina. El gran teatro, como corresponde, recibe a quien visita la Acrópolis. Tiene una apreciable particularidad que lo distingue de nuestras salas actuales: el público va por encima de los intérpretes, es decir que el escenario queda por debajo de las gradas. Siguiendo la escalada, pinos y acacias, mármoles y pasado; hasta los enormes pórticos que abren paso al gran templo de Atenea. A esta altura ya no es aire lo que se respira, sino emoción..., extraña y pura emoción. Es julio y un día de mucho calor, sol a pleno. La subida parece no terminar cuando, repentinamente, se ameseta, abriendo dos puntos anunciando: helo aquí..., EL PARTENÓN.




Pero no tan rápido, a la izquierda, algo más discreto pero no menos bello: el Erectión con sus hermosas Cariátides..., allá vamos. Son unas esbeltas columnas con forma de mujer ¡Qué metáfora arquitectónica! La mujer columna, la columna mujer. Entonces sí, la corona, el Partenón. Entonces sí, la niñez. Entonces sí, la escuela y los mitos. Entonces sí, el joven rebelde que prefiere el triunfo de Esparta sobre Atenas. Entonces sí, el hombre adulto que llora. Tantas imágenes, tantos libros... y ahora ahí, frente a uno, el Partenón. Fotos, lágrimas, suspiros profundos, cielo azul, mármol blanco y ambiente irreal, ambiente irreal, irreal; paradójicamente, histórico ambiente irreal.




Aquí no acaba la maravilla de la Acrópolis. Desde su altura una panorámica de la ciudad y del Pireo, frente al mar. Mucho más acá, aún en la Acrópolis, tres enormes emociones: el Areópago, el Ágora y, algo más allá sobre otra colina, el Templo de Efestos. El Areópago es, actualmente, una enorme roca. Sobre ella se erigió el primer tribunal de occidente. Según cuenta la leyenda, creado para juzgar a Orestes quien, por orden del dios Apolo, dio muerte a su madre Clitemnestra para vengar el asesinato de su padre, Agamenón. Orestes fue absuelto y nacieron los tribunales. Hay que trepar un poco, pero llegar a un sitio tan legendario te vuelve a quitar el aire y no por falta de entrenamiento.




El Ágora es la plaza pública que en las claridades del plenilunio reunía a la Asamblea para votar las Leyes de la polis. El Ágora es el gen de la democracia. El Ágora es un sitio verde, cubierto y rodeado por encinas y pinos. El recinto se distingue sólo por la entrada, con esculturas de piedra. Sin embargo lo imaginé de noche y con antorchas..., alumbrando la democracia limitada de entonces y la democracia perfectible de hoy.




Encarmándonos a otra colina, con casi cuarenta y cinco grados a la sombra, llegamos al templo de Efestos. Un dios enternecedor: tan feo y deforme nació que su madre, la vanidosa Hera, esposa de Zeus, lo arrojó del Olimpo. Criado por un duende herrero en alguna isla del Egeo, el dios volvió al monte de los dioses gracias a su arte: un trono de oro en el que atrapó a su madre. Sólo la liberó a cambio de algunas condiciones, entre las que se encontraba la construcción de su propio templo: éste que ahora tenía frente a mi alma. Una curiosidad: el templo de Efestos; deforme, feo y dios menor, sobrevivió ileso a los rigores de tantos siglos.




Después el museo, la salida de la Acrópolis, el barrio de Placa con su pintoresca belleza regional. Las plazas. El calor, pero las peatonales con un sistema de refrigeración popular con finísima lluvia de agua fresca sobre los bares o el banco de la acera. El palacio presidencial, las pequeñas iglesias ortodoxas, el parque botánico, el mercado, la Academia de letras, la Universidad, las ruinas que aparecen a cada paso, la cerveza más barata de Europa..., ufff. Atenas es bonita, vieja, joven, inolvidable. Grecia fue la cuna de la civilización occidental y hoy es aplastada por el capitalismo de occidente. Paradojas de la historia, amores del presente, berretín del hombre que pasa, pensando que allí se pensó la historia que ahora recorre..., por alguna calle de Atenas.

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